28 de julio de 2008

Deshilachaje

El otro día, acompañada de un té en el sofá de casa y con mi vestido de cerezas, recordé el reportaje que, por casualidad, había visto días anteriores sobre animales venenosos. En un momento de dicho documental, la veterinaria que se encargaba de presentar algunos de los animalitos venenosos y asquerosos que comparten mundo con nosotros, mostró a la cámara la piel mudada de una serpiente. Explicaba como, poco a poco, la serpiente se iba deshaciendo de esa piel dejando ver otra renovada y sana. Pero no la rompía. El proceso dependía de cada tipo de serpiente, oscilando entre las dos semanas y los tres meses. La que dejaba atrás estaba descolorida y vieja. Antigua. Hasta el último momento era cuidada, dejándola casi intacta, y sólo rompiendo los extremos; uno para dejar ver la nueva piel, y otro para deshacerse de la antigua.

Más o menos como hacemos nosotros para deshacernos del presente-pasado. En muchas ocasiones, nos hartamos de cuidar algo que sabemos que tarde o temprano morirá, como todo en esta vida. Con principio y fin. Como la piel de la serpiente. Mudamos de casa, de ropa, de amigos, de pareja. Hilamos relaciones exponiendo el hilo tenso por unos extremos y flojos, muy flojos, por otros lados. Nos encargamos desde un principio, con muchas ganas, de anudar bien cada uno de los hilos finales, para evitar que quede alguno suelto, olvidándonos de que en cualquier momento puede soltarse un punto y todo comienza a deshilacharse. Intentamos cada vez unir los pequeños hilos que forman el hilo principal. Cada vez lo hacemos con más fuerza, con más ganas, perjurándonos que “ésta será la última vez que lo haga”. Pero en verdad, esa frase nunca llega a ser la última. Siempre es la penúltima, de la penúltima, de la antepenúltima. Hasta que un día, de tanta fuerza y tanta (des) gana, la tensión provoca que todo lo hilado pierda la función de unir y sustentar, y revientan los hilos que menos tensión tenían, pero los que más soportaron.

Y mudamos de piel. La gran mayoría de veces ni en dos semanas, ni en tres meses, ni en muchos años. Parecen eternidades, pero mudamos, rompiendo por un extremo el presente-pasado y dejando ver el presente-futuro.

En mi presente-presente he mudado de piel, y he deshilachado a propósito todas las uniones con mi (desde hoy) presente-pasado. Es curioso, y cuanto menos gracioso, estar segura de que la mejor cosa que han hecho por mí haya sido dejarme marchar.